Y decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer...
miércoles, 17 de agosto de 2011
5. Agresividad.
Ella llegó con las intenciones bien claras. El aire que se colaba por las ventanas mecía su inconfundible cabello castaño y su mirada clavada fijamente en él hizo que toda la sala quedara petrificada. Él retrocedió unos pasos mientras ella fue a por todas. Escupió palabras indignas, inapropiadas para una señorita. Él se achicó aún más. Ella sacó un revólver y apuntó directamente a su cabeza. En la sala ya no quedaba nadie. Solo él, ella y el revólver. Estaba cargado y disparar era lo fácil. No obstante, a ella siempre le habían gustado las arenas movedizas, los altos precipicios, los mares en tempestad. Nadie supo lo que ocurrió realmente, pero a ella la encontraron sin cabeza, y a él, sin corazón.
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