jueves, 17 de mayo de 2012

1. Daffodil Lament.

Harriet nunca decía adiós.

Sus yemas habían devenido en cálamos y sus dedos lloraban tinta que se escurría por las falanges hasta llegar al papel en el que diluidas pero esbeltas formas componían la melodía de sus emociones y pensamientos. Era una actividad natural que realizaba su cuerpo ya metamorfoseado en las épocas de decadencia, cuando Harriet solía vendarse los ojos para poder entender mejor con el resto de los sentidos y expandir el sufrimiento al máximo con tal de regocijarse en su arte. Sus majestuosas alas, que brotaban suavemente de los omóplatos y solían desplegarse durante su euforia transitoria, se encontraban ahora recogidas y sucias. Éstas eran casi transparentes, translúcidas, y cuando surcaba los cielos de la excitación, los rayos del sol solían atravesar la dulce piel que envolvía sus cartílagos y que convertía esa luz en algo aún más intenso, dando al resto de su cuerpo un aire profetizador.

Ahora, en la noche taciturna y sin luna que alumbrara su penumbra, las alas de Harriet se habían tornado completamente oscuras, habían perdido su brillo y servían de escudo a la Poetisa, que se enredaba en ellas como una tortuga se escondía bajo su caparazón, al a par que éstas se convertían en gris cartón-piedra. En cualquier caso, esas monstruosas extremidades que la diferenciaban del resto, le permitían sobrevivir en aquel mundo que ella decía no haber creado, aunque en el fondo sabía que todo era cosa de su mente engañosa y escurridiza, que predicaba libertad cuando se unía a ella haciéndola olvidar los incesantes desdobles que después Harriet tenía que sufrir. Nadie sabía dónde estaba, nadie podía verla, pero ella estaba allí, sintiendo que estaba sintiendo demasiado y que no tenía suficiente que sentir como para sentir de tal manera.

El Tener. La Fe. La Verdad. La Confianza. Todo eso desaparecía con tan solo una gota de pensamiento maldito que inundaba el día a día de paralizadas y estáticas repeticiones que se sucedían como si de una pesadilla infinita se tratara y anulaban cualquier ilusión o creencia a medio o largo plazo. La Duda. Sólo quedaba ella, infinita compañera. Con su frívola voz abstracta profetizaba la inmovilidad del Ser y la nulidad de la Existencia e impedía a Harriet estirar los músculos de su rostro para proferir sonrisas. En su lugar aparecían incesantes muecas desprovistas de futuro, muecas cargadas de angustia, soledad y, sobre todo, nihilismo. Pero antes de todo eso, Harriet fabricaba carcajadas. Fabricaba enormes carcajadas de ingenio que despertaban la alegría de los demás. La sonoridad de su risa cubría cada espacio de pena insustancial, y nadie era capaz de sospechar ni intuir entre sus armónicas espontaneidades la casi inmediata futura huida de Harriet de la dicha causada por la falta de raciocinio. El azar o el destino jugaban con ella y sus dos grandes enemigos internos, la emoción y la razón, intentaban matarse en una guerra de trincheras. Los demás ignoraban, no sabían nada. Su presencia física nunca se desvanecía y pocos eran capaces de ver su metamorfosis esencial. Su alma solía encarcelarse en sí misma. Y cuando nadie lo advertía, la Poetisa aterrizaba.

Harriet nunca decía adiós.

domingo, 13 de mayo de 2012

37.

Vale, ¿qué tal esto?:
Yo no creo en el Silencio. No puedo creer en él. No creo en Dios. Yo no creo.
No obstante, esta carencia se ha convertido en obsesión. Y al darle tanta importancia a mi falta de fe, ¿no puede eso significar que realmente hay una parte de mí que cree y que lucha contra la otra que no cree y que quiere convencerse de que nunca podrá creer cuando en realidad lo que teme es, precisamente, poder creer en algo que desconoce, que es inefable y que nunca podrá entender? Claro, puede que de manera tácita sea todo al revés, y que a escondidas de la razón mi instinto haya decidido que puede creer. Es posible que yo pueda creer pero que no quiera creer. O no. En cualquier caso, ya sea por poder y no querer o por querer y no poder, hay una contradicción. Y en la contradicción está la verdad.
Pero, ¿qué es la Verdad?

miércoles, 2 de mayo de 2012

35. Lacre, píxeles y sellos.

Nosotros éramos el lacre en un mundo de sellos.

Nos encantaba derretirnos lentamente al son de la llama eterna para iluminar las noches epistolares de los viajeros del sueño en su vigilia continuada mientras que otros seres rápidos, de vida rápida, de muerte rápida, sin sueños en vigilias continuadas, clavaban en industrial tinta azul sus sellos en los sobres blancos, impolutos, despersonalizados. Nosotros, maleables, nos extendíamos en formas amorfas para después ser fijados con la goma única de un único soñador mientras que en el resto del universo triunfaban los recambios de tinta silenciosos y aburridos, que, a diferencia de nosotros, no crepitaban de placer al dejarse embaucar por el calor de la llama que prende.

Ahora ya ni tan siquiera tenemos sellos, y yo miro triunfante a aquellos que aún buscan tinta en lugares recónditos que un día fueron modernos, y me río, socarronamente, de su desdicha que un día fue la nuestra, la de los lacres obsoletos, que tuvieron que observar su propia extinción. Ellos son los sellos en un mundo de píxeles, y recuerdan aún sus viajes, ahora irreales y virtuales, por aquellos mundos ya fríos pero ahora congelados, viajes veloces, pero viajes al fin y al cabo, no como en el mundo que ya no los necesita, que ya los ha olvidado.

¿Y de qué nos fiamos? Si todo cambia, si todos cambian, si lo moderno será mañana lo antiguo, si perderemos la cabeza por olvidar lo que está quieto, ¿qué nos queda? Algunos anticuados intentamos agarrar los momentos pero estos se esfuman y nos agarramos al también siempre cambiante recuerdo. Ya no tenemos ni recuerdos duraderos. ¿Qué hacer, si el mundo no cesa y nuestra mente no concibe lo distinto? ¿Qué hacer cuando lo nimio nunca queda pero lo universal se queda quieto? ¿Qué hacer, cuando al fin y al cabo el lacre, la tinta y los píxeles no son más que realidades efímeras, fugaces, artificiales? No tenemos nada, nada, y nada vale en esta vida, ni lo material ni lo inmaterial permanecen, ni siquiera tenemos alma, ni siquiera tenemos silencio, nunca lo tuvimos, nunca lo tendremos. ¿Qué hacemos aquí, absurdos, si ya no creemos? ¿Cómo vivir si no hay libertad, cómo soñar si no hay cielo, cómo entender si no hay fe, cómo querer si no hay nada por lo que uno quiera querer?

Por eso los que no sabemos, los que ya no creemos, queremos ser el lacre antiguo de este mundo de píxeles y sellos, porque queremos añorar algo y enaltecerlo precisamente por no saber cómo fue tenerlo, precisamente por carecer de presente, futuro, espacio, tiempo.

Nosotros quisimos ser la idea en un mundo de necios.

martes, 1 de mayo de 2012

33. Silencio.

Trasnocho a menudo por una chispa de silencio. Cuando todos se han ido, cuando todos se han marchado, me siento triste. Tengo miedo. Al principio, siento miedo. Antes, justo antes de que me dejen, estoy aterrorizada. Soy una cobarde, no quiero quedarme sola. A solas conmigo misma. No quiero que se larguen y me dejen aquí sentada. Ruidos, fuera. Luces, fuera. Voces, fuera. Aquí no hay nada. Aquí solo estoy yo y mis emociones, que explotan y lo manchan todo con su intensidad. Quién sabe, puede que inconscientemente quiera quedarme a solas, y de ahí mi insomnio crónico y el que adore la noche.

A veces rezo. Rezo en mi cabeza para cubrir con lo sacro los demás paganos pensamientos, que igual que el ruido, no me dejan ser yo, no me dejan ver el yo. Rezo para acercarme un poco más al silencio, y me imagino en una capilla con una bóveda de cielo azul oscuro amargo, cubierto de una translúcida capa de brillantina que son las estrellas, que con su luz tan intensa ciegan mis lágrimas y las secan. Yo sé que no van en consonancia emoción y pensamiento, sé que no puedo entenderlo, pero yo quiero entenderlo, quiero creer en algo que entiendo. Y me siento perdida, muy perdida. Cada noche estoy perdida conmigo, bajo esa bóveda infinita. No puedo explicarme nada, nada de lo que ocurre, y me desespero. No puedo entender porqué siento lo que siento ni qué es lo que siento. Me calmo, rezo, rezo, rezo. La clave la tiene el silencio y yo rezo, rezo. Cuando rezo, me acerco a esa chispa de silencio, cuando por fin los suspiros ahogados de la desesperación son asesinados por la belleza de la naturaleza imaginaria, rezo. Entonces, casi puedo oler el silencio. Y ni siquiera está el yo, que tanto me asusta. Bueno, sí que está, pero es pequeñito, y lejano. En realidad me atrae hacia él. Yo quiero conocerlo, pero no se deja. 

Quizá eso sea yo, el silencio al que nunca llego a tocar. Y quizá por eso me de miedo quedarme sola, porque sé que no lo alcanzo, y que no llego a rozarlo, y que el silencio me mira altivo, me miro altiva, por encima del hombro, y me río de lo terrenal y de mí misma, de esa infeliz que no puede alcanzarse, alcanzarme. Pero el silencio sabe que hubo un glorioso momento en el que lo alcancé, fuimos uno. Eso hace que se sienta aún más poderoso, porque sabe que yo sé lo que significa, y sabe que al probar su veneno quedé hipnotizada para siempre. Él se me apareció como algo divino y yo, desorientada, me agarré a él cuando más lo necesitaba. Silencio. ¿Dónde estás, que no te encuentro? Te busco entre las horas pero me parecen ficticias, y tú eres demasiado real para esconderte en el tiempo. Te busco entre mis sábanas, húmedas y frías, que con indiferencia observan cada noche mi vigilia. Te busco eternamente, te busco y no te encuentro. Quizá estés en un acorde disonante, quizá, en el viento, quizá estés en la lluvia, quizá estés en lo incorpóreo, lo abstracto, todo aquello tan misterioso e inexplicable que se convierte en necesidad creer en ello. 

Cada noche te busco yo sola, silencio, mi silencio. Pero nunca te encuentro. Saldré fuera a buscarte esta noche, saldré a palpar lo que me susurre el viento. Saldré donde no haya tic-tacs ni silencios opacos, forzados a permanecer entre cuatro paredes opresoras. Saldré a la libertad, silencio. Y allí, en ese lugar anhelado, en ese lugar extraño y desconocido, amado precisamente por eso, más preciado que todo lo ya experimentado, allá, en nuestra libertad, nos encontraremos.