Harriet nunca decía adiós.
Sus yemas habían devenido en cálamos y sus dedos lloraban tinta que se escurría por las falanges hasta llegar al papel en el que diluidas pero esbeltas formas componían la melodía de sus emociones y pensamientos. Era una actividad natural que realizaba su cuerpo ya metamorfoseado en las épocas de decadencia, cuando Harriet solía vendarse los ojos para poder entender mejor con el resto de los sentidos y expandir el sufrimiento al máximo con tal de regocijarse en su arte. Sus majestuosas alas, que brotaban suavemente de los omóplatos y solían desplegarse durante su euforia transitoria, se encontraban ahora recogidas y sucias. Éstas eran casi transparentes, translúcidas, y cuando surcaba los cielos de la excitación, los rayos del sol solían atravesar la dulce piel que envolvía sus cartílagos y que convertía esa luz en algo aún más intenso, dando al resto de su cuerpo un aire profetizador.
Ahora, en la noche taciturna y sin luna que alumbrara su penumbra, las alas de Harriet se habían tornado completamente oscuras, habían perdido su brillo y servían de escudo a la Poetisa, que se enredaba en ellas como una tortuga se escondía bajo su caparazón, al a par que éstas se convertían en gris cartón-piedra. En cualquier caso, esas monstruosas extremidades que la diferenciaban del resto, le permitían sobrevivir en aquel mundo que ella decía no haber creado, aunque en el fondo sabía que todo era cosa de su mente engañosa y escurridiza, que predicaba libertad cuando se unía a ella haciéndola olvidar los incesantes desdobles que después Harriet tenía que sufrir. Nadie sabía dónde estaba, nadie podía verla, pero ella estaba allí, sintiendo que estaba sintiendo demasiado y que no tenía suficiente que sentir como para sentir de tal manera.
El Tener. La Fe. La Verdad. La Confianza. Todo eso desaparecía con tan solo una gota de pensamiento maldito que inundaba el día a día de paralizadas y estáticas repeticiones que se sucedían como si de una pesadilla infinita se tratara y anulaban cualquier ilusión o creencia a medio o largo plazo. La Duda. Sólo quedaba ella, infinita compañera. Con su frívola voz abstracta profetizaba la inmovilidad del Ser y la nulidad de la Existencia e impedía a Harriet estirar los músculos de su rostro para proferir sonrisas. En su lugar aparecían incesantes muecas desprovistas de futuro, muecas cargadas de angustia, soledad y, sobre todo, nihilismo. Pero antes de todo eso, Harriet fabricaba carcajadas. Fabricaba enormes carcajadas de ingenio que despertaban la alegría de los demás. La sonoridad de su risa cubría cada espacio de pena insustancial, y nadie era capaz de sospechar ni intuir entre sus armónicas espontaneidades la casi inmediata futura huida de Harriet de la dicha causada por la falta de raciocinio. El azar o el destino jugaban con ella y sus dos grandes enemigos internos, la emoción y la razón, intentaban matarse en una guerra de trincheras. Los demás ignoraban, no sabían nada. Su presencia física nunca se desvanecía y pocos eran capaces de ver su metamorfosis esencial. Su alma solía encarcelarse en sí misma. Y cuando nadie lo advertía, la Poetisa aterrizaba.
Harriet nunca decía adiós.
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