martes, 1 de mayo de 2012

33. Silencio.

Trasnocho a menudo por una chispa de silencio. Cuando todos se han ido, cuando todos se han marchado, me siento triste. Tengo miedo. Al principio, siento miedo. Antes, justo antes de que me dejen, estoy aterrorizada. Soy una cobarde, no quiero quedarme sola. A solas conmigo misma. No quiero que se larguen y me dejen aquí sentada. Ruidos, fuera. Luces, fuera. Voces, fuera. Aquí no hay nada. Aquí solo estoy yo y mis emociones, que explotan y lo manchan todo con su intensidad. Quién sabe, puede que inconscientemente quiera quedarme a solas, y de ahí mi insomnio crónico y el que adore la noche.

A veces rezo. Rezo en mi cabeza para cubrir con lo sacro los demás paganos pensamientos, que igual que el ruido, no me dejan ser yo, no me dejan ver el yo. Rezo para acercarme un poco más al silencio, y me imagino en una capilla con una bóveda de cielo azul oscuro amargo, cubierto de una translúcida capa de brillantina que son las estrellas, que con su luz tan intensa ciegan mis lágrimas y las secan. Yo sé que no van en consonancia emoción y pensamiento, sé que no puedo entenderlo, pero yo quiero entenderlo, quiero creer en algo que entiendo. Y me siento perdida, muy perdida. Cada noche estoy perdida conmigo, bajo esa bóveda infinita. No puedo explicarme nada, nada de lo que ocurre, y me desespero. No puedo entender porqué siento lo que siento ni qué es lo que siento. Me calmo, rezo, rezo, rezo. La clave la tiene el silencio y yo rezo, rezo. Cuando rezo, me acerco a esa chispa de silencio, cuando por fin los suspiros ahogados de la desesperación son asesinados por la belleza de la naturaleza imaginaria, rezo. Entonces, casi puedo oler el silencio. Y ni siquiera está el yo, que tanto me asusta. Bueno, sí que está, pero es pequeñito, y lejano. En realidad me atrae hacia él. Yo quiero conocerlo, pero no se deja. 

Quizá eso sea yo, el silencio al que nunca llego a tocar. Y quizá por eso me de miedo quedarme sola, porque sé que no lo alcanzo, y que no llego a rozarlo, y que el silencio me mira altivo, me miro altiva, por encima del hombro, y me río de lo terrenal y de mí misma, de esa infeliz que no puede alcanzarse, alcanzarme. Pero el silencio sabe que hubo un glorioso momento en el que lo alcancé, fuimos uno. Eso hace que se sienta aún más poderoso, porque sabe que yo sé lo que significa, y sabe que al probar su veneno quedé hipnotizada para siempre. Él se me apareció como algo divino y yo, desorientada, me agarré a él cuando más lo necesitaba. Silencio. ¿Dónde estás, que no te encuentro? Te busco entre las horas pero me parecen ficticias, y tú eres demasiado real para esconderte en el tiempo. Te busco entre mis sábanas, húmedas y frías, que con indiferencia observan cada noche mi vigilia. Te busco eternamente, te busco y no te encuentro. Quizá estés en un acorde disonante, quizá, en el viento, quizá estés en la lluvia, quizá estés en lo incorpóreo, lo abstracto, todo aquello tan misterioso e inexplicable que se convierte en necesidad creer en ello. 

Cada noche te busco yo sola, silencio, mi silencio. Pero nunca te encuentro. Saldré fuera a buscarte esta noche, saldré a palpar lo que me susurre el viento. Saldré donde no haya tic-tacs ni silencios opacos, forzados a permanecer entre cuatro paredes opresoras. Saldré a la libertad, silencio. Y allí, en ese lugar anhelado, en ese lugar extraño y desconocido, amado precisamente por eso, más preciado que todo lo ya experimentado, allá, en nuestra libertad, nos encontraremos.

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