Hay muchas clases de zapatos, y hay pañuelos que eran servilletas, y servilletas que eran diccionarios y diccionarios que eran cajas y cajas que eran otras cajas y otras cajas que eran cajitas y cajitas que eran fotografías y fotografías que eran troncos y troncos que eran árboles y árboles que eran raíces y raíces que eran semillas.
Pausa para respirar.
Los zapatos provienen de telas y telares, de telares y tejidos estelares, azules y rimbombantes, peculiares, lunares, pecas, quizá puntos o coordenadas de un mapa del tesoro que escondía otros zapatos que provenían de telas y telares y fragancias embriagantes y chalados irracionales que recurren con ironía a un polisíndeton incesante.
Es curioso, los zapatos son siempre tan distintos, y cambian tanto según quién los lleve puestos, que a veces se nos va de las manos, y queremos probárnoslos todos. Pero hay tantas combinaciones posibles, dispares y tremendamente diferentes, que, como bajando de una nube, llegamos a asumir que jamás podremos ponérnoslos todos...y eso nos hace sentir algo infelices.
Aún así, la vida nos regala muchos zapatos, y por temporadas, vamos calzándonos dependiendo de la estación en la que estamos. Usamos zapatos rotos, zapatos nuevos, zapatos grandes(que se nos quedan pequeños), zapatos pequeños(que se ensanchan con el tiempo), zapatos verdes, zapatos negros, zapatos inteligentes, zapatos maduros y hasta zapatos ingenuos. Y, es interesante, porque por mucho que los usemos, siempre nos da pena tirarlos, y los guardamos. A algunos, hasta los conservamos durante todo nuestro paseo, siempre caminamos con ellos, nos hacen dar pasos firmes y seguros, y nos llevan a recorrer horizontes y callejones de pensamientos.
Pausa para vivir.
Pero a veces, te encuentras zapatos extraños. Los miras, y tienen una cara muy inocente. Te fijas en los cordones...algunos están sueltos y otros enredados, pero le dan al conjunto un toque de ingenuidad. Y los vuelves a mirar. A veces tienen cara de tontitos y siempre te sonríen(como los botones), o tienen las cejas levantadas, o no comprenden. De pronto te parecen especiales. Luego miras por dentro y hay una explosión de estampados que te lleva a mirar dentro de tu propio zapato. Y esperando obtener una respuesta, miras. Y remiras el estampado del otro zapato. Te sorprendes. Y te preguntas si esta causalidad tiene un fin o el interrogante quedará abierto. Quizá sea el anhelado par, tu otro yo, ese que tanto tiempo llevas buscando. Quizá no. Pero tú te lo quedas igualmente, como todos los demás. Hasta que llega otro zapato extraño sonriente y...
Pausa para amar.
Y decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer...
domingo, 30 de enero de 2011
Lo que yo decía...terrorífico.
Es sorprendente, y además, da miedo.
El otro día, en clase, después de una sesión de economía agotadora, sonó el timbre. Recogí mis cosas y me dirigí hacia el patio, hambrienta. Fui hacia donde se encontraba un grupo de amigas. Al acercarme, vi que de cuatro, dos estaban jugando, una con el móvil, y la otra con la "Blackberry". Las otras dos estaban mirando, embobadas, las respectivas pantallitas que brillaban. Me indigné. Me sentí impotente. Y di media vuelta. ¿Qué nos va a quedar? Nos están idiotizando, nos están seduciendo para dejar de comunicarnos verdaderamente, para tocar solo temas superficiales, para entretenernos con juegos estúpidos que atontan la mente y agotan al cerebro, chupan las neuronas y nos quitan tiempo para pensar de verdad. Horripilante.
sábado, 29 de enero de 2011
1. Somos de naturaleza artificial, anti-natural.
Llueve. A fuera llueve. Los sonidos de los cachivaches tecnológicos que me rodean no me dejan escuchar con atención. En especial este teclado. Pero a él se lo perdono. No podría guardarle rencor. Hemos pasado demasiadas noches juntos. Llueve. Me siento una extraña en este mundo del futuro. Abriré la ventana. Creceré bajo la lluvia en esta tarde oscura. Volveré al ayer. En contacto con la naturaleza. Que es siempre cambiante, pero siempre permanece igual. Lo único que se conserva. Es la naturaleza. Las gotas de lluvia que los hombres contaminan. Me harán parar el tiempo. Mojarán seductoras mi piel. Me colmarán de deseos. Recorrerán mis cabellos insertando en mi mente sus notas. Me incitarán a querer cuidarlas. A ellas. A la naturaleza. Llueve a fuera. Llueve. He parado la música. Ahora la lluvia es la protagonista. Voy a abrir la ventana. Me quito la manta. Me levanto. He abierto una. Luego la otra. Se oye un ladrido. Sería bonito ser perro. Mi vello se levanta, el frío recorre mi espalda. Necesitaba sentirlo. ¿Qué soy? Me entristezco. De natural ya no nos queda nada. Ya no me queda nada. Se agitan las ramas. Sería bonito ser hoja. Mis manos, heladas. Mi nariz. Llueve. Me ruborizo otra vez. Otra vez. Siempre me ruborizo. No sé si me sienta bien. Es un pequeño mareo, un subibaja, una escapada de emociones. Me palpo las mejillas con los dedos congelados. Alivio. Hay demasiadas luces allá afuera. Me gustaría sentir la oscuridad. Creo que se está bien en la oscuridad. El silencio. Mi silencio. Contaminación, duele. La sangre buscando paz, los latidos ralentizándose. El sonido pseudo-mudo universal. Otro invento, otra manera de deshumanizar. Quiero creer. Pero, ¿qué queda? Un instante, un segundo, una mirada. Después, nada. Odio. Rencor. Egoísmo. Máquinas. Máquinas. Máquinas, máquinas, máquinas nos invaden. Terror. Pánico. Destrucción de lo real. Dictadura de lo artificial. El viento me siente. Sopla con fervor. Me da la razón. A fuera llueve. Un coche. Gasolina. Gases. Aire muerto. Aire recalentado. Aire desnaturalizado. Tres gotas que chocan. Serán destruidas. Cuando yo ya no esté, serán destruidas. Habrá telas sintéticas. Casas impermeables. Incluso puede que mil paraguas gigantes que rodeen la tierra. Habrá mil inventos. Conoceremos más ciencias. Sabremos, sabremos, sabremos, acumularemos trillones de tesis, verdades probadas. Pero ignoraremos. Ahora un camión, una motocicleta. La verdadera realidad, devastaremos, DEVASTAMOS. La indefensa naturaleza, romperemos, frenaremos. Ya está ocurriendo. Y su ira sobre nosotros caerá. La ira de su divinidad. Habremos pecado de soberbia, por creernos mejores que nuestra propia madre, por intentar burlarla, superarla. Por no saber apreciarla. Y dejaremos de ser. El sol nos extinguirá. Las tormentas. Los huracanes. Los rayos nos partirán por la mitad. Vagaremos durante más de cien mil millones de milenios rogando perdón. Habremos cavado nuestra propia tumba. Suplicaremos volver. Prometeremos no volver. A inventar monstruosidades a partir de lo ideal ya existente. Nos arrepentiremos. Y nuestra madre, nos perdonará. Será benevolente, nos dejará volver a empezar. Pero seremos tan mezquinos, que el ciclo se repetirá. Las montañas; las escucho. Lo predicen. Son profetas de la naturaleza. Ya se quejan. El fin acaba de comenzar. Y eso, queridos seres inmundos, es ineludible. No lo podréis evitar. ¿Qué más da? Llueve. Llueve afuera. Afuera llueve. Afuera lloverá.
Y los humanos se irán.
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