*Dios entendido como arte, naturaleza, bondad del ser humano, fortaleza interior, amor o cualquier pensamiento que consiga arrancarle a uno una sonrisa.
Y decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer, decrecer...
jueves, 6 de diciembre de 2012
jueves, 15 de noviembre de 2012
3. Vahído y el muro.
Los cuerpos eran tan
amorfos y abstractos como la metafísica. Observaba Harriet(casi Poetisa)
a aquellos físicos portadores de almas y por sus andares descubría los
desequilibrios de sus pensamientos más abisales perdidos y caóticos en
los abismos de su espacio interior. El tronco de una mujer delgada
parecía ir en sentido contrario de sus piernas inflexibles, y, ambas
partes, que eran con certeza antónimas, lograban ponerse en consonancia
para que aquel portador de esencia caminara sin conciencia ni dificultad
aparente. Y así con cada una de las personas que dejaban su huella y
sus pisadas impresas en la Rua grisácea de aquel noviembre huraño. Eso
llevó a la Poetisa a pensar en el misterio eterno del ser humano
contradictorio, ya que todos aquellos seres funcionaban igual, juntos,
al mismo tiempo y en el mismo espacio, pero, a su vez, cada andar
llevaba un ritmo distinto y era imposible distinguir dos o más que
fueran completamente idénticos, ya que cada uno conservaba su individualidad dentro del Todo.
martes, 30 de octubre de 2012
38. Close my eyes and feel you breathing.
Escucho tus latidos en mi pecho acompasados con los míos, siento tu
respiración en mi nuca susurrándome protección y tus brazos fornidos
rodeando mi alma de amor. Eres la cosa más bonita del mundo terrenal,
eres la cosa menos cosa y más Ser, eres el Ser más elevado que aquí
pueda encontrarse, eres la cosa más bella, pura, artística y aproximada a
la metafísica en este mundo finito, eres el Ser más infinito de esta
historia interminable, eres aquello que consigue llevarme a un plano
superior, arriba, más arriba, a otro nivel, a un nivel misterioso en el
que sólo pueden entrar unos pocos afortunados. Tú eres el premio de la
ruleta de la fortuna que seguro estaba trucada por causalidades
paranormales, sólo tú puedes entenderme. Ya nada más me hace falta para
sentirme completa, porque tú no puedes proporcionarme todas las
respuestas de la vida mortal o inmortal, pero puedes hacerme compartir
las preguntas y entregarme con pasión tu mirada limpia, transparente,
del más allá, y con esa mirada enorme contarme que todo está bien aunque
sigamos siendo unos ignorantes. Con esa mirada gigantesca me das mucho
en que pensar, tras la ignorancia, la luz, eso eres tú, eso es tu
mirada. Tus ojos, mi patria, tu luz, mi libertad, tu esencia, mi lucha,
tu boca, mi bandera, tu pecho, mi cama, tú entera, mi hogar. La luz que
me ilumina y se abre paso entre la mentira infiel, la luz noble, la luz
de la verdad. Porque nosotras, cielo, en el fondo sabemos la verdad.
Nosotras tenemos amor. Y eso es lo que cuenta. Te amo, amor.
viernes, 20 de julio de 2012
38. De reposiciones va la cosa.
El destino perforaba nuestros anhelos como balas que traspasan la carne impoluta. Lentamente se truncaban nuestros planes, y la estabilidad que tratábamos de construir se iba convirtiendo paulatinamente en un teatro, además, de bajo presupuesto, callejero. Yo era menos, tú eras más. Yo esperaba más, tu esperabas menos. Tú, allí. Yo, allá. Las dos, de acá. ¿Qué iba a pasar después?
Las horas se rellenaban a sí mismas con responsabilidades y capas y capas de vida adulta y las niñeces en forma de recuerdo me acechaban en la noche cuando y donde nadie más podía oírlas. Yo caía en mi habitual espiral de auto-destrucción y auto-compasión(siempre he sido muy autónoma, me gusta hacer las cosas por mí misma y me molesta que se metan en mi territorio) y no podía dejar de lamentarme por no haberte hablado, por haber sido cobarde, por...PERO, ¿Y QUÉ? Adiós, adiós, esfúmate.
Yo me enfadaba de nuevo, como siempre, y me juraba no volver a hablarte y te culpaba por jugar y por abandonarme. Te odiaba. No quería volver a sentir nada hacia ti, ni que tu mirada, tus palabras, tu calor me consolaran para después hacerme sentir engañada. Me amargaba y decidía no verte nunca más. Y todo esto yo lo decidía cuando en realidad tú ya habías desaparecido del mapa.
Pero entonces, Dios sabe por qué, aparecías. Aparecías y yo soltaba toda aquella mierda sobre ti. Y lo aguantabas estoicamente, de una pieza, como si fueras alguien muy amable, como si fueras una gran persona. Y me apaciguabas, ignorabas mis insultos y reproches como si no fueran ofensivos y como si tú no fueras culpable. Te exculpabas, te deshacías de la culpa pero yo no me creía tu comedia. Aún así, me hacías flaquear, y dudar. Quizá no fueras tan mala persona. Quizá yo fuera demasiado visceral, intolerante, incomprensiva. ¿Quién sabe? Tú eras la paz, yo la guerra. Pero tú eras el detonante, y yo el tratado en cuestión. Era todo tan contradictorio, y recíproco. La impotencia del todo ya creado, el todo inamovible, el todo estático y eterno. Yo te quería, incluso a ese todo que a mí me lo parecía, pero tú no lo sé. A veces aún me pregunto porqué me sigues y porqué me seguías.
Tú, allí. Yo, allá. Las dos, de acá. ¿Qué va a pasar después?
martes, 19 de junio de 2012
2. Ella, contradictoria.
Harriet era demasiado individualista como para abandonar su alma al cuerpo. La máxima expresión de este abandono, era, sin duda, el sexo. ¿Aquellos años de rigurosa educación católica habían dejado huella en los pensamientos del alado ser? No, era algo mucho más profundo. La Poetisa había entendido el pecado carnal como algo totalmente animal.
Ella no podía soportar la idea de prescindir de su alma, genuina, que la diferenciaba de la masa ingente, decadente y mundanal que era la humanidad. Esa masa que ignoraba su propia conciencia, que convertía el mundo en un lugar mísero del que no se podía escapar. Harriet necesitaba sentirse alejada de todo eso. Para ella, dejar que el cuerpo actuara según sus instintos, hacía que el alma quedara completamente anulada. El cuerpo cubría esas necesidades, que no eran más que necesidades sin pensamientos, sin apenas emociones, tan sólo farsas sensoriales, prescindiendo de la individualidad. Cualquier ser humano tenía que cubrirlas, cualquiera sentía esas necesidades que lo igualaban con el resto, que lo despersonalizaban. No obstante, Harriet nunca fue capaz de resistirse, y, como una estrella de mar, como un gusano, como una vaca o un cerdo, sucumbía a los placeres de la reproducción, que se convertían, tras el coito, en castigos, reproches y arrepentimientos del alma, débil, incorpórea, que se desvanecía con un sólo rugir del cuerpo, ávido de alimentos sensoriales, de placer, del hedonismo sin conciencia, de la forma de hedonismo más primitiva. La Poetisa se negaba aceptar la dimensión dionisíaca que suponía olvidar su propio yo, sus recuerdos, ideas, que la diferenciaban del resto, y que ella sabía, que al fin y al cabo, acabarían muriendo y difuminándose entre el resto de energías tras la muerte igualatoria de Manrique.
Por ello se negaba también a aceptar la muerte. La Poetisa quería seguir siendo por siempre un ser libre, distinto, que estuviera por encima de los demás, por encima de la masa, que volara por encima del bien, del mal, de las emociones...quería poseer la verdad absoluta, siendo ella misma. Su mente estaba llena de contradicciones, contradicciones representadas por el cuerpo y el alma, por lo apolíneo y lo dionisíaco. Contradicciones, que, al fin y al cabo, se resumían en su individualismo anarquista y su conformismo democrático.
Ella tenía esas dos caras que se enfrentaban en una longeva guerra de trincheras, ella era Harriet, y era también la Poetisa, dos caras de una misma moneda que acabaría por fundirse en las brasas de la muerte con el resto de metales ya inertes. O quizá no. Estaba atrapada en la duda eterna.
Ella no podía soportar la idea de prescindir de su alma, genuina, que la diferenciaba de la masa ingente, decadente y mundanal que era la humanidad. Esa masa que ignoraba su propia conciencia, que convertía el mundo en un lugar mísero del que no se podía escapar. Harriet necesitaba sentirse alejada de todo eso. Para ella, dejar que el cuerpo actuara según sus instintos, hacía que el alma quedara completamente anulada. El cuerpo cubría esas necesidades, que no eran más que necesidades sin pensamientos, sin apenas emociones, tan sólo farsas sensoriales, prescindiendo de la individualidad. Cualquier ser humano tenía que cubrirlas, cualquiera sentía esas necesidades que lo igualaban con el resto, que lo despersonalizaban. No obstante, Harriet nunca fue capaz de resistirse, y, como una estrella de mar, como un gusano, como una vaca o un cerdo, sucumbía a los placeres de la reproducción, que se convertían, tras el coito, en castigos, reproches y arrepentimientos del alma, débil, incorpórea, que se desvanecía con un sólo rugir del cuerpo, ávido de alimentos sensoriales, de placer, del hedonismo sin conciencia, de la forma de hedonismo más primitiva. La Poetisa se negaba aceptar la dimensión dionisíaca que suponía olvidar su propio yo, sus recuerdos, ideas, que la diferenciaban del resto, y que ella sabía, que al fin y al cabo, acabarían muriendo y difuminándose entre el resto de energías tras la muerte igualatoria de Manrique.
Por ello se negaba también a aceptar la muerte. La Poetisa quería seguir siendo por siempre un ser libre, distinto, que estuviera por encima de los demás, por encima de la masa, que volara por encima del bien, del mal, de las emociones...quería poseer la verdad absoluta, siendo ella misma. Su mente estaba llena de contradicciones, contradicciones representadas por el cuerpo y el alma, por lo apolíneo y lo dionisíaco. Contradicciones, que, al fin y al cabo, se resumían en su individualismo anarquista y su conformismo democrático.
Ella tenía esas dos caras que se enfrentaban en una longeva guerra de trincheras, ella era Harriet, y era también la Poetisa, dos caras de una misma moneda que acabaría por fundirse en las brasas de la muerte con el resto de metales ya inertes. O quizá no. Estaba atrapada en la duda eterna.
jueves, 17 de mayo de 2012
1. Daffodil Lament.
Harriet nunca decía adiós.
Sus yemas habían devenido en cálamos y sus dedos lloraban tinta que se escurría por las falanges hasta llegar al papel en el que diluidas pero esbeltas formas componían la melodía de sus emociones y pensamientos. Era una actividad natural que realizaba su cuerpo ya metamorfoseado en las épocas de decadencia, cuando Harriet solía vendarse los ojos para poder entender mejor con el resto de los sentidos y expandir el sufrimiento al máximo con tal de regocijarse en su arte. Sus majestuosas alas, que brotaban suavemente de los omóplatos y solían desplegarse durante su euforia transitoria, se encontraban ahora recogidas y sucias. Éstas eran casi transparentes, translúcidas, y cuando surcaba los cielos de la excitación, los rayos del sol solían atravesar la dulce piel que envolvía sus cartílagos y que convertía esa luz en algo aún más intenso, dando al resto de su cuerpo un aire profetizador.
Ahora, en la noche taciturna y sin luna que alumbrara su penumbra, las alas de Harriet se habían tornado completamente oscuras, habían perdido su brillo y servían de escudo a la Poetisa, que se enredaba en ellas como una tortuga se escondía bajo su caparazón, al a par que éstas se convertían en gris cartón-piedra. En cualquier caso, esas monstruosas extremidades que la diferenciaban del resto, le permitían sobrevivir en aquel mundo que ella decía no haber creado, aunque en el fondo sabía que todo era cosa de su mente engañosa y escurridiza, que predicaba libertad cuando se unía a ella haciéndola olvidar los incesantes desdobles que después Harriet tenía que sufrir. Nadie sabía dónde estaba, nadie podía verla, pero ella estaba allí, sintiendo que estaba sintiendo demasiado y que no tenía suficiente que sentir como para sentir de tal manera.
El Tener. La Fe. La Verdad. La Confianza. Todo eso desaparecía con tan solo una gota de pensamiento maldito que inundaba el día a día de paralizadas y estáticas repeticiones que se sucedían como si de una pesadilla infinita se tratara y anulaban cualquier ilusión o creencia a medio o largo plazo. La Duda. Sólo quedaba ella, infinita compañera. Con su frívola voz abstracta profetizaba la inmovilidad del Ser y la nulidad de la Existencia e impedía a Harriet estirar los músculos de su rostro para proferir sonrisas. En su lugar aparecían incesantes muecas desprovistas de futuro, muecas cargadas de angustia, soledad y, sobre todo, nihilismo. Pero antes de todo eso, Harriet fabricaba carcajadas. Fabricaba enormes carcajadas de ingenio que despertaban la alegría de los demás. La sonoridad de su risa cubría cada espacio de pena insustancial, y nadie era capaz de sospechar ni intuir entre sus armónicas espontaneidades la casi inmediata futura huida de Harriet de la dicha causada por la falta de raciocinio. El azar o el destino jugaban con ella y sus dos grandes enemigos internos, la emoción y la razón, intentaban matarse en una guerra de trincheras. Los demás ignoraban, no sabían nada. Su presencia física nunca se desvanecía y pocos eran capaces de ver su metamorfosis esencial. Su alma solía encarcelarse en sí misma. Y cuando nadie lo advertía, la Poetisa aterrizaba.
Harriet nunca decía adiós.
Sus yemas habían devenido en cálamos y sus dedos lloraban tinta que se escurría por las falanges hasta llegar al papel en el que diluidas pero esbeltas formas componían la melodía de sus emociones y pensamientos. Era una actividad natural que realizaba su cuerpo ya metamorfoseado en las épocas de decadencia, cuando Harriet solía vendarse los ojos para poder entender mejor con el resto de los sentidos y expandir el sufrimiento al máximo con tal de regocijarse en su arte. Sus majestuosas alas, que brotaban suavemente de los omóplatos y solían desplegarse durante su euforia transitoria, se encontraban ahora recogidas y sucias. Éstas eran casi transparentes, translúcidas, y cuando surcaba los cielos de la excitación, los rayos del sol solían atravesar la dulce piel que envolvía sus cartílagos y que convertía esa luz en algo aún más intenso, dando al resto de su cuerpo un aire profetizador.
Ahora, en la noche taciturna y sin luna que alumbrara su penumbra, las alas de Harriet se habían tornado completamente oscuras, habían perdido su brillo y servían de escudo a la Poetisa, que se enredaba en ellas como una tortuga se escondía bajo su caparazón, al a par que éstas se convertían en gris cartón-piedra. En cualquier caso, esas monstruosas extremidades que la diferenciaban del resto, le permitían sobrevivir en aquel mundo que ella decía no haber creado, aunque en el fondo sabía que todo era cosa de su mente engañosa y escurridiza, que predicaba libertad cuando se unía a ella haciéndola olvidar los incesantes desdobles que después Harriet tenía que sufrir. Nadie sabía dónde estaba, nadie podía verla, pero ella estaba allí, sintiendo que estaba sintiendo demasiado y que no tenía suficiente que sentir como para sentir de tal manera.
El Tener. La Fe. La Verdad. La Confianza. Todo eso desaparecía con tan solo una gota de pensamiento maldito que inundaba el día a día de paralizadas y estáticas repeticiones que se sucedían como si de una pesadilla infinita se tratara y anulaban cualquier ilusión o creencia a medio o largo plazo. La Duda. Sólo quedaba ella, infinita compañera. Con su frívola voz abstracta profetizaba la inmovilidad del Ser y la nulidad de la Existencia e impedía a Harriet estirar los músculos de su rostro para proferir sonrisas. En su lugar aparecían incesantes muecas desprovistas de futuro, muecas cargadas de angustia, soledad y, sobre todo, nihilismo. Pero antes de todo eso, Harriet fabricaba carcajadas. Fabricaba enormes carcajadas de ingenio que despertaban la alegría de los demás. La sonoridad de su risa cubría cada espacio de pena insustancial, y nadie era capaz de sospechar ni intuir entre sus armónicas espontaneidades la casi inmediata futura huida de Harriet de la dicha causada por la falta de raciocinio. El azar o el destino jugaban con ella y sus dos grandes enemigos internos, la emoción y la razón, intentaban matarse en una guerra de trincheras. Los demás ignoraban, no sabían nada. Su presencia física nunca se desvanecía y pocos eran capaces de ver su metamorfosis esencial. Su alma solía encarcelarse en sí misma. Y cuando nadie lo advertía, la Poetisa aterrizaba.
Harriet nunca decía adiós.
domingo, 13 de mayo de 2012
37.
Vale, ¿qué tal esto?:
Yo no creo en el Silencio. No puedo creer en él. No creo en Dios. Yo no creo.
No obstante, esta carencia se ha convertido en obsesión. Y al darle tanta importancia a mi falta de fe, ¿no puede eso significar que realmente hay una parte de mí que cree y que lucha contra la otra que no cree y que quiere convencerse de que nunca podrá creer cuando en realidad lo que teme es, precisamente, poder creer en algo que desconoce, que es inefable y que nunca podrá entender? Claro, puede que de manera tácita sea todo al revés, y que a escondidas de la razón mi instinto haya decidido que puede creer. Es posible que yo pueda creer pero que no quiera creer. O no. En cualquier caso, ya sea por poder y no querer o por querer y no poder, hay una contradicción. Y en la contradicción está la verdad.
Pero, ¿qué es la Verdad?
Yo no creo en el Silencio. No puedo creer en él. No creo en Dios. Yo no creo.
No obstante, esta carencia se ha convertido en obsesión. Y al darle tanta importancia a mi falta de fe, ¿no puede eso significar que realmente hay una parte de mí que cree y que lucha contra la otra que no cree y que quiere convencerse de que nunca podrá creer cuando en realidad lo que teme es, precisamente, poder creer en algo que desconoce, que es inefable y que nunca podrá entender? Claro, puede que de manera tácita sea todo al revés, y que a escondidas de la razón mi instinto haya decidido que puede creer. Es posible que yo pueda creer pero que no quiera creer. O no. En cualquier caso, ya sea por poder y no querer o por querer y no poder, hay una contradicción. Y en la contradicción está la verdad.
Pero, ¿qué es la Verdad?
miércoles, 2 de mayo de 2012
35. Lacre, píxeles y sellos.
Nosotros éramos el lacre en un mundo de sellos.
Nos encantaba derretirnos lentamente al son de la llama eterna para iluminar las noches epistolares de los viajeros del sueño en su vigilia continuada mientras que otros seres rápidos, de vida rápida, de muerte rápida, sin sueños en vigilias continuadas, clavaban en industrial tinta azul sus sellos en los sobres blancos, impolutos, despersonalizados. Nosotros, maleables, nos extendíamos en formas amorfas para después ser fijados con la goma única de un único soñador mientras que en el resto del universo triunfaban los recambios de tinta silenciosos y aburridos, que, a diferencia de nosotros, no crepitaban de placer al dejarse embaucar por el calor de la llama que prende.
Ahora ya ni tan siquiera tenemos sellos, y yo miro triunfante a aquellos que aún buscan tinta en lugares recónditos que un día fueron modernos, y me río, socarronamente, de su desdicha que un día fue la nuestra, la de los lacres obsoletos, que tuvieron que observar su propia extinción. Ellos son los sellos en un mundo de píxeles, y recuerdan aún sus viajes, ahora irreales y virtuales, por aquellos mundos ya fríos pero ahora congelados, viajes veloces, pero viajes al fin y al cabo, no como en el mundo que ya no los necesita, que ya los ha olvidado.
¿Y de qué nos fiamos? Si todo cambia, si todos cambian, si lo moderno será mañana lo antiguo, si perderemos la cabeza por olvidar lo que está quieto, ¿qué nos queda? Algunos anticuados intentamos agarrar los momentos pero estos se esfuman y nos agarramos al también siempre cambiante recuerdo. Ya no tenemos ni recuerdos duraderos. ¿Qué hacer, si el mundo no cesa y nuestra mente no concibe lo distinto? ¿Qué hacer cuando lo nimio nunca queda pero lo universal se queda quieto? ¿Qué hacer, cuando al fin y al cabo el lacre, la tinta y los píxeles no son más que realidades efímeras, fugaces, artificiales? No tenemos nada, nada, y nada vale en esta vida, ni lo material ni lo inmaterial permanecen, ni siquiera tenemos alma, ni siquiera tenemos silencio, nunca lo tuvimos, nunca lo tendremos. ¿Qué hacemos aquí, absurdos, si ya no creemos? ¿Cómo vivir si no hay libertad, cómo soñar si no hay cielo, cómo entender si no hay fe, cómo querer si no hay nada por lo que uno quiera querer?
Por eso los que no sabemos, los que ya no creemos, queremos ser el lacre antiguo de este mundo de píxeles y sellos, porque queremos añorar algo y enaltecerlo precisamente por no saber cómo fue tenerlo, precisamente por carecer de presente, futuro, espacio, tiempo.
Nosotros quisimos ser la idea en un mundo de necios.
Nos encantaba derretirnos lentamente al son de la llama eterna para iluminar las noches epistolares de los viajeros del sueño en su vigilia continuada mientras que otros seres rápidos, de vida rápida, de muerte rápida, sin sueños en vigilias continuadas, clavaban en industrial tinta azul sus sellos en los sobres blancos, impolutos, despersonalizados. Nosotros, maleables, nos extendíamos en formas amorfas para después ser fijados con la goma única de un único soñador mientras que en el resto del universo triunfaban los recambios de tinta silenciosos y aburridos, que, a diferencia de nosotros, no crepitaban de placer al dejarse embaucar por el calor de la llama que prende.
Ahora ya ni tan siquiera tenemos sellos, y yo miro triunfante a aquellos que aún buscan tinta en lugares recónditos que un día fueron modernos, y me río, socarronamente, de su desdicha que un día fue la nuestra, la de los lacres obsoletos, que tuvieron que observar su propia extinción. Ellos son los sellos en un mundo de píxeles, y recuerdan aún sus viajes, ahora irreales y virtuales, por aquellos mundos ya fríos pero ahora congelados, viajes veloces, pero viajes al fin y al cabo, no como en el mundo que ya no los necesita, que ya los ha olvidado.
¿Y de qué nos fiamos? Si todo cambia, si todos cambian, si lo moderno será mañana lo antiguo, si perderemos la cabeza por olvidar lo que está quieto, ¿qué nos queda? Algunos anticuados intentamos agarrar los momentos pero estos se esfuman y nos agarramos al también siempre cambiante recuerdo. Ya no tenemos ni recuerdos duraderos. ¿Qué hacer, si el mundo no cesa y nuestra mente no concibe lo distinto? ¿Qué hacer cuando lo nimio nunca queda pero lo universal se queda quieto? ¿Qué hacer, cuando al fin y al cabo el lacre, la tinta y los píxeles no son más que realidades efímeras, fugaces, artificiales? No tenemos nada, nada, y nada vale en esta vida, ni lo material ni lo inmaterial permanecen, ni siquiera tenemos alma, ni siquiera tenemos silencio, nunca lo tuvimos, nunca lo tendremos. ¿Qué hacemos aquí, absurdos, si ya no creemos? ¿Cómo vivir si no hay libertad, cómo soñar si no hay cielo, cómo entender si no hay fe, cómo querer si no hay nada por lo que uno quiera querer?
Por eso los que no sabemos, los que ya no creemos, queremos ser el lacre antiguo de este mundo de píxeles y sellos, porque queremos añorar algo y enaltecerlo precisamente por no saber cómo fue tenerlo, precisamente por carecer de presente, futuro, espacio, tiempo.
Nosotros quisimos ser la idea en un mundo de necios.
martes, 1 de mayo de 2012
33. Silencio.
Trasnocho a menudo por una chispa de silencio. Cuando todos se han ido, cuando todos se han marchado, me siento triste. Tengo miedo. Al principio, siento miedo. Antes, justo antes de que me dejen, estoy aterrorizada. Soy una cobarde, no quiero quedarme sola. A solas conmigo misma. No quiero que se larguen y me dejen aquí sentada. Ruidos, fuera. Luces, fuera. Voces, fuera. Aquí no hay nada. Aquí solo estoy yo y mis emociones, que explotan y lo manchan todo con su intensidad. Quién sabe, puede que inconscientemente quiera quedarme a solas, y de ahí mi insomnio crónico y el que adore la noche.
A veces rezo. Rezo en mi cabeza para cubrir con lo sacro los demás paganos pensamientos, que igual que el ruido, no me dejan ser yo, no me dejan ver el yo. Rezo para acercarme un poco más al silencio, y me imagino en una capilla con una bóveda de cielo azul oscuro amargo, cubierto de una translúcida capa de brillantina que son las estrellas, que con su luz tan intensa ciegan mis lágrimas y las secan. Yo sé que no van en consonancia emoción y pensamiento, sé que no puedo entenderlo, pero yo quiero entenderlo, quiero creer en algo que entiendo. Y me siento perdida, muy perdida. Cada noche estoy perdida conmigo, bajo esa bóveda infinita. No puedo explicarme nada, nada de lo que ocurre, y me desespero. No puedo entender porqué siento lo que siento ni qué es lo que siento. Me calmo, rezo, rezo, rezo. La clave la tiene el silencio y yo rezo, rezo. Cuando rezo, me acerco a esa chispa de silencio, cuando por fin los suspiros ahogados de la desesperación son asesinados por la belleza de la naturaleza imaginaria, rezo. Entonces, casi puedo oler el silencio. Y ni siquiera está el yo, que tanto me asusta. Bueno, sí que está, pero es pequeñito, y lejano. En realidad me atrae hacia él. Yo quiero conocerlo, pero no se deja.
Quizá eso sea yo, el silencio al que nunca llego a tocar. Y quizá por eso me de miedo quedarme sola, porque sé que no lo alcanzo, y que no llego a rozarlo, y que el silencio me mira altivo, me miro altiva, por encima del hombro, y me río de lo terrenal y de mí misma, de esa infeliz que no puede alcanzarse, alcanzarme. Pero el silencio sabe que hubo un glorioso momento en el que lo alcancé, fuimos uno. Eso hace que se sienta aún más poderoso, porque sabe que yo sé lo que significa, y sabe que al probar su veneno quedé hipnotizada para siempre. Él se me apareció como algo divino y yo, desorientada, me agarré a él cuando más lo necesitaba. Silencio. ¿Dónde estás, que no te encuentro? Te busco entre las horas pero me parecen ficticias, y tú eres demasiado real para esconderte en el tiempo. Te busco entre mis sábanas, húmedas y frías, que con indiferencia observan cada noche mi vigilia. Te busco eternamente, te busco y no te encuentro. Quizá estés en un acorde disonante, quizá, en el viento, quizá estés en la lluvia, quizá estés en lo incorpóreo, lo abstracto, todo aquello tan misterioso e inexplicable que se convierte en necesidad creer en ello.
Cada noche te busco yo sola, silencio, mi silencio. Pero nunca te encuentro. Saldré fuera a buscarte esta noche, saldré a palpar lo que me susurre el viento. Saldré donde no haya tic-tacs ni silencios opacos, forzados a permanecer entre cuatro paredes opresoras. Saldré a la libertad, silencio. Y allí, en ese lugar anhelado, en ese lugar extraño y desconocido, amado precisamente por eso, más preciado que todo lo ya experimentado, allá, en nuestra libertad, nos encontraremos.
lunes, 19 de marzo de 2012
3. Bebop ASS!
Tchás, tchás, tchás.
Psssssss, pum, tatán.
Pribiribirí, piribiribirí, piribiribirí.
Beatbeatbeatbeatbeatbeatbeatbeatbeatbeatbeatbeat, BEAT.
Bobombón, bobobombón, bobobobobobombón.
Tchás.
lunes, 5 de marzo de 2012
42. La chirla, el sector más castigado.
Era una entidad inefable.
Su belleza no era extrema, pero sí exquisita, imperceptible para aquellas almas vacías pero de gran atractivo para los más melodramáticos e hipersensibles. Su voz suave parecía peligrosamente persuasiva, pero su devoción absoluta a Dios se correspondía con su inmensa bondad, por ello su dulzura no representaba ningún riesgo. Tenía en la sonrisa el brillo de un alma libre, mas sus ojos atormentados en los que solían arremolinarse lágrimas de opresión, revelaban la verdad sobre su vida. Su sentimiento consiguió enmudecer a toda la sala.
Caminaba por inercia, sus dedos aglutinados apretaban su corazón contra su pecho ardiente, palpitante, como impidiendo a este gritar lo que deseaba, y sus labios, firmes, recitaban oraciones acompañadas del casi imperceptible balanceo de su murmullo vehemente. Era como si en aquella capilla maldita no hubiera nadie más, como si un halo de divinidad se hubiera creado a su alrededor, elevándola en su miseria y en su dolor. Fue un regalo poder contemplar aquel espectáculo de sentimiento, aquella expresión de congoja infinita, aquellos pasos que daban la sensación de sostenerse en el aire. Ensimismada en su Dios, huyendo de sí misma, sumida en las profundidades escarpadas de lo injusto, se aislaba de toda escena real, evitando aquellos pensamientos oscuros que solían acribillarla en los momentos más inoportunos.
Tras sus heroicos esfuerzos por no mostrar su debilidad en su completa desnudez, sus piernas se doblegaron dejando caérsele el alma a los pies, y rogó con fervor a su Altísimo que la librara de ese mal, de ese castigo que la naturaleza le había otorgado, de ese pecado intrínseco en su naturaleza desdichada. Ella, la más dedicada, la más devota, la más creyente, de las pocas que sentía la llamada verdadera del Señor y que entendía el amor recíproco e íntimo que éste y ella debían profesarse. Ella, la más delicada, la más mística, de las pocas que sabía a qué sabía la unión espiritual con el Ser más elevado. Ella y sólo ella, que coincidía incluso con las barbaries modernas más absurdas que los representantes predicaban. Ella, había sido castigada con una de esos deseos prohibidos por los libros sagrados desde hacía siglos. Ella y sólo ella, tenía que soportar esa carga. Ella.
Terminó la oratoria y siguió arrodillada sufriendo por sus pecados, y mientras todos se preguntaban qué le pasaba a aquella mujer misteriosa, yo supe que la chirla, no dormía nunca.
domingo, 26 de febrero de 2012
45. Esclavos de vuestra libertad.
Gritad.
Enjugad vuestras lágrimas,
vacías aparentemente,
con la causa de vuestro mal.
Arrastraos.
Ensuciad vuestro rostro,
con piedras preciosas,
ambición, codicia, odio.
Recolectad.
Ciegos bienes, patrimonios,
sin límites, sin quejas,
ignorando que son caducifolios.
Desorientados
quemaréis asustados
cuando no os quede nada,
las viejas glorias del ayer.
Desconcertados
como autómatas sin pan,
vomitaréis miserias,
sin techo, sin vida, sin calor, sin fe.
Abriréis los ojos,
protestaréis,
impotentes descubriréis,
lo que es la traición.
Sin posesiones,
entonces veréis,
lo que vale y lo que no,
lo que es la estafa, la pasión.
Os privarán de lo innecesario,
lo antinatural, lo artificial,
no lo entenderéis,
pero entonces, al fin...
Comprenderéis que sois esclavos
de la falaz libertad
que oprime el seso,
las ganas,
el sentimiento,
la vida,
la verdad.
miércoles, 15 de febrero de 2012
41. Enterrado, yo.
La una y dejan rastro
mis vivencias cotidianas
en el pensamiento que se pierde
en las reflexiones más mundanas.
Paso a paso el segundero
va trazando el desperdicio
que suponen los excesos,
los vicios turbios, obsoletos.
¿Qué hay, más, pues? Si
no quiero ver, tras esta dichosa
pared anodina que cubre de
hastío la convivencia forzosa.
¿Que nos salva, entonces? Si
entre estos llenos y vacíos
nos perdemos los yoes soberbios
sin poder cultivar lo baldío.
Tú, yo amargo, que me lanza
sin remedio al desequilibrio
arrastrándome suplicante
entre mares de puñales y yerros.
Tú, yo invisible, que sin apenas
esforzarte intentas frenar
la pasión y la furia del otro,
que nostálgico impide avanzar.
Yo, y sólo yo, anulado yo,
que no te dejan gritar,
que tu llanto se difumina en
la cáscara opresora.
Yo, y sólo yo, anulado yo,
que no es capaz de proferir
una nota más alta o aguda
que la monótona rutina.
Yo, y sólo yo, anulado yo,
que surge del hartazgo y la
tensión ineludible entre contrarios,
desnúdanos a tu antojo.
Las dos y el tiempo pasa,
la ficción nos abraza y amenaza con
poner, por fin, sin saber que
es un aliciente, punto final a la vida.
Las tres y el minutero,
parece estancado en mi memoria,
que naufraga errante en sí misma,
ensimismada en sus tragicomedias.
Las cuatro y no quedan párpados
que puedan paliar este insomnio,
que me ancla en mi bucle helado
asfixiándome en la existencia.
Yo,
ahogas,
cada
yo.
Yo,
ocultas,
cada
yo.
Yo,
oprimes,
al
yo.
domingo, 12 de febrero de 2012
sábado, 21 de enero de 2012
40. Banal petición en forma epistolar.
Querida parte visceral:
Esta desposesión me está matando.
Iré en contra de mi voluntad al pensar esto y contártelo, iré en contra de mis supuestos principios, de mis creencias, me contradiré, pero no puedo ser incongruente ni quiero serlo conmigo misma. Es insoportable saber que estoy haciendo lo correcto deseando hacer lo que no debo, es casi inhumano ser tan humano, tan racional, y no abocarse a ese deseo que esa voz quebrada, que eres tú, bandida, me recuerda a gritos a cada momento.
¿Deja el exceso de moderación de ser, eso mismo, moderado? Porque siento que sobrepaso los límites y me desbordo cada vez que me contengo. Sé qué debería ser lo correcto, pero no sé si lo es para mí.
Siento haberte culpado de mis errores, siento haberme exculpado usándote de pretexto, de verdad que lo siento, pero, vieja amiga, ahora no entiendo porque me has abandonado, justo cuando más te necesito. Creo que el miedo te puede. Deberías salir, romper las cadenas, como antes. Esta será la única ocasión en que te lo pida, así que te aconsejo no ignorar esta oportunidad. Esta noche te reservo el papel estrella, tú solo compórtate como solías hacerlo. Pero no en aquello que me pueda hacer perder, sino en aquello que me haga ganar.
Oh, no...quizá sea eso, ¿verdad? Soy una ignorante. Y tú has medrado, y ahora piensas y controlas y sabes. Quizá sabes que esto me puede llevar a no resucitarte jamás, ¿no? Quizá. ¿O puede que yo misma, inconscientemente, te haya asesinado ya? Tú me hacías ser quién era y por eso me querían.
¿Y ahora, quién soy?
Echo en falta tu presencia, compañera, pero pensándolo mejor, no te voy a pedir que vuelvas. Haz lo que debas, quiero mantenerme ajena a cualquier descubrimiento si es que así debe ser. Ignora lo dicho anteriormente, no sé si quiero recuperarte. En cualquier caso, el miedo también ha llegado a mí. Y algo soy, diferente, eso sí. Quizá no sea miedo, quizá sea prudencia. Es difícil establecer los límites, pero eso ahora no importa. Que sea lo que tenga que ser. Gracias por no dejarte convencer y ser, contrariamente a tu naturaleza, firme. Ah, la euforia te manda recuerdos, dice que ya no es lo mismo sin ti.
Atte.: la Desposada.
miércoles, 4 de enero de 2012
40. Did I say...?
No quiero olvidarte.
No quiero olvidar tus palabras, antes inseguras, ahora protectoras. No quiero olvidar tus miradas, antes de admiración, ahora de ternura. No quiero olvidar tus sonrisas, antes sedientas, ahora nostálgicas. No quiero olvidar tus abrazos, antes indispensables, ahora imprescindibles.
¿Sabes? En el fondo, nada ha cambiado. En el fondo, tú tan solo has crecido, y yo me he encogido, pero, tú y yo, yo y tú, somos tú y yo, y yo y tú, y, no puedo imaginar una discusión, cualquiera, en la que en realidad no esté odiando tener que herirte, y no puedo imaginar un solo momento en el que escuche tu voz y no me sienta a gusto, y no puedo imaginar una lágrima mía sin tu hombro como embalse, porque tus brazos son como una acogedora presa que retiene toda la pena que derramo, como una fuerte presa, bien construida, estable, quizá demasiado rígida a veces, pero eficaz al fin y al cabo. Hay que reconocer que hubo un tiempo en el que se desbordó, pero sabes, no es que fuera culpa de ella, quizá la tormenta fue demasiado monstruosa, quizá duró demasiado, no lo sé, pero no puedo evitar pensar que un embalse, que todavía hoy por hoy, a pesar de los millones de rayos y truenos caídos, y de los litros de dolor acumulados, sigue ahí, sigue ahí, reteniendo y soltando con delicadeza, transformando las sucias gotas en agua de regadío, en semilla de creación, en arte, en inspiración, es un regalo de las manos que la hicieron.
Aunque si sólo fueras eso...eres mucho más. Eres la carcajada más inmensa que puedo llegar a soltar, eres la sonrisa más sincera que puedo llegar a sacar, eres la emoción más intensa que puedo llegar a experimentar, y todo eso, con un simple roce de manos, con una de esas miradas cómplices, con un par de palabras. Aunque no lo demuestre, aunque no pueda, aunque por mucho que lo intente me sea imposible explicarte cuánto significas para mí, sé que tú lo sabes. Y sé que tenemos una cosa, que no sé qué es, pero la tenemos, la compartimos y somos dos, y lo somos.
No sé o no quiero saber como lo ves tú, no sé o no quiero saber porqué no me atrevo nunca a agarrarte y decirte todo lo que me haces sentir, todo el tiempo que me haces perder pensando en ti, toda la ilusión que despiertas en este mundo absurdo. No sé o no quiero saber en qué punto estás tú y en que punto estoy yo. Pero lo sé. Eres especial.
Hemos cambiado, sí, pero no quiero olvidarte, y no quiero olvidarnos. Puede que no me lo merezca, puede que deba pedirte perdón, y tú a mí, ¿porqué no? Puede que nos hayamos equivocado, y puede que no nos veamos como quisiéramos, que no hablemos lo que debemos, que no nos comportemos porque no podemos, pero sabes, somos felices, o lo éramos. Cuando estamos y somos, da igual dónde, cuándo, cómo, somos felices. Y no quiero, de ninguna manera, perder eso.
Pero debo.
Perdóname por ser cobarde, perdóname por ser tan vulnerable, perdóname por odiarme, perdóname por confundirme, por no saber, por no olvidarme de que no es real, por no poder, como tú, dejar a un lado las obsesiones, los yoes, perdóname por hacerte estar pendiente, perdóname por no estar a la altura, perdóname, de verdad.
Aunque voy a ser justa y no me manipules porque yo a ti no voy a perdonarte.
Me niego a perdonarte.
That I need you.
martes, 3 de enero de 2012
39. Radical, de ratas y rutinas.
Rectifico.
No era vacío lo que necesitaba, mas estoy harta de la plenitud. Ahora sí que estoy perdida por completo. Sé lo que no quiero, lo que no necesito, lo que aborrezco, pero no sé lo que puede salvarme.
Es como si estuviera rodeada, encerrada en y protegida por una inmensa cáscara social con gruesas capas de obligaciones, costumbres, manías, tics, objetivos a corto y largo plazo, pensamientos superfluos, personas, relaciones, y un sinfín de momentos aparentemente distintos pero realmente monótonos. Esa es la mitad de la rutina. La otra mitad está en el interior, dentro de esa cáscara. Es el vacío, la no nada, la falta de sustancia. Esa parte es precisamente la que me hace ver que la cáscara, es cáscara, me hace darme cuenta de su verdadera naturaleza gris, oscura, falsa. El interior más profundo me hace percatarme de que no hay ni colores, ni sabores, ni olores, ni variedades, tonalidades, posibilidades distintas en esa cáscara, y que esa cáscara, compuesta de diversas capas, no es más que una masa ingente de vida. Una masa ingente y absurda, en la que ni una sola cosa cobra sentido si uno no está demasiado cegado o embriagado como para no mirar desde dentro. Porque no nos engañemos, amigos, la vida, la vida es la cáscara. A nadie le importa el vacío, absolutamente a nadie. ¿Gurús? ¿Amigos? ¿Familia? No. Necesitamos comer, beber, dormir y follar. ¿Y luego qué? No hay nada, nada. La inercia nos mueve, por lo menos a mí, me mueve. Y esas necesidades se convierten en algo ruin, inmundo, y fuera de eso, lo artificial, las consecuencias de esas necesidades, se convierten en algo aún peor, algo movido por esas necesidades ruines e inmundas, el piojo de la rata. Cómo si no tuviéramos ya bastante con la propia rata. Pobres complejas ratas, me pregunto qué sentirán ellas, me pregunto si sentirán. ¿Sufren? No lo sé. Una cosa es segura, en el fondo soy como una de ellas. Me muevo con su misma inercia, como un autómata, porque así me programó Dios, la Naturaleza, Lo Que Sea. Y luego nada. El pensamiento que hace que perdamos el entusiasmo o lo ganemos. El pensamiento que me pregunto si tendrán las ratas. Desearía saber eso, y saber también, si hay ratas felices y tristes, y ricas y pobres, o si, en el fondo, son todas iguales, vivas o muertas, como los seres humanos. No somos más que ratas, y con todo el debido respeto hacia las ratas, sí. Espero no ofenderlas señoras ratas, porque creo haberme equivocado. Somos peores que ustedes, porque nosotros, podemos ser conscientes de nuestra condición, pero somos tan despreciables que ni siquiera conocemos aún ni creo que conozcamos nunca la manera de cambiarla, la manera de hacer desaparecer esa cáscara y rellenar el vacío para poder dar forma de una vez a esa masa ingente que supuestamente todos deberíamos apreciar.
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