Las horas se rellenaban a sí mismas con responsabilidades y capas y capas de vida adulta y las niñeces en forma de recuerdo me acechaban en la noche cuando y donde nadie más podía oírlas. Yo caía en mi habitual espiral de auto-destrucción y auto-compasión(siempre he sido muy autónoma, me gusta hacer las cosas por mí misma y me molesta que se metan en mi territorio) y no podía dejar de lamentarme por no haberte hablado, por haber sido cobarde, por...PERO, ¿Y QUÉ? Adiós, adiós, esfúmate.
Yo me enfadaba de nuevo, como siempre, y me juraba no volver a hablarte y te culpaba por jugar y por abandonarme. Te odiaba. No quería volver a sentir nada hacia ti, ni que tu mirada, tus palabras, tu calor me consolaran para después hacerme sentir engañada. Me amargaba y decidía no verte nunca más. Y todo esto yo lo decidía cuando en realidad tú ya habías desaparecido del mapa.
Pero entonces, Dios sabe por qué, aparecías. Aparecías y yo soltaba toda aquella mierda sobre ti. Y lo aguantabas estoicamente, de una pieza, como si fueras alguien muy amable, como si fueras una gran persona. Y me apaciguabas, ignorabas mis insultos y reproches como si no fueran ofensivos y como si tú no fueras culpable. Te exculpabas, te deshacías de la culpa pero yo no me creía tu comedia. Aún así, me hacías flaquear, y dudar. Quizá no fueras tan mala persona. Quizá yo fuera demasiado visceral, intolerante, incomprensiva. ¿Quién sabe? Tú eras la paz, yo la guerra. Pero tú eras el detonante, y yo el tratado en cuestión. Era todo tan contradictorio, y recíproco. La impotencia del todo ya creado, el todo inamovible, el todo estático y eterno. Yo te quería, incluso a ese todo que a mí me lo parecía, pero tú no lo sé. A veces aún me pregunto porqué me sigues y porqué me seguías.
Tú, allí. Yo, allá. Las dos, de acá. ¿Qué va a pasar después?
No hay comentarios:
Publicar un comentario