Harriet era demasiado individualista como para abandonar su alma al cuerpo. La máxima expresión de este abandono, era, sin duda, el sexo. ¿Aquellos años de rigurosa educación católica habían dejado huella en los pensamientos del alado ser? No, era algo mucho más profundo. La Poetisa había entendido el pecado carnal como algo totalmente animal.
Ella no podía soportar la idea de prescindir de su alma, genuina, que la diferenciaba de la masa ingente, decadente y mundanal que era la humanidad. Esa masa que ignoraba su propia conciencia, que convertía el mundo en un lugar mísero del que no se podía escapar. Harriet necesitaba sentirse alejada de todo eso. Para ella, dejar que el cuerpo actuara según sus instintos, hacía que el alma quedara completamente anulada. El cuerpo cubría esas necesidades, que no eran más que necesidades sin pensamientos, sin apenas emociones, tan sólo farsas sensoriales, prescindiendo de la individualidad. Cualquier ser humano tenía que cubrirlas, cualquiera sentía esas necesidades que lo igualaban con el resto, que lo despersonalizaban. No obstante, Harriet nunca fue capaz de resistirse, y, como una estrella de mar, como un gusano, como una vaca o un cerdo, sucumbía a los placeres de la reproducción, que se convertían, tras el coito, en castigos, reproches y arrepentimientos del alma, débil, incorpórea, que se desvanecía con un sólo rugir del cuerpo, ávido de alimentos sensoriales, de placer, del hedonismo sin conciencia, de la forma de hedonismo más primitiva. La Poetisa se negaba aceptar la dimensión dionisíaca que suponía olvidar su propio yo, sus recuerdos, ideas, que la diferenciaban del resto, y que ella sabía, que al fin y al cabo, acabarían muriendo y difuminándose entre el resto de energías tras la muerte igualatoria de Manrique.
Por ello se negaba también a aceptar la muerte. La Poetisa quería seguir siendo por siempre un ser libre, distinto, que estuviera por encima de los demás, por encima de la masa, que volara por encima del bien, del mal, de las emociones...quería poseer la verdad absoluta, siendo ella misma. Su mente estaba llena de contradicciones, contradicciones representadas por el cuerpo y el alma, por lo apolíneo y lo dionisíaco. Contradicciones, que, al fin y al cabo, se resumían en su individualismo anarquista y su conformismo democrático.
Ella tenía esas dos caras que se enfrentaban en una longeva guerra de trincheras, ella era Harriet, y era también la Poetisa, dos caras de una misma moneda que acabaría por fundirse en las brasas de la muerte con el resto de metales ya inertes. O quizá no. Estaba atrapada en la duda eterna.
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