La una y dejan rastro
mis vivencias cotidianas
en el pensamiento que se pierde
en las reflexiones más mundanas.
Paso a paso el segundero
va trazando el desperdicio
que suponen los excesos,
los vicios turbios, obsoletos.
¿Qué hay, más, pues? Si
no quiero ver, tras esta dichosa
pared anodina que cubre de
hastío la convivencia forzosa.
¿Que nos salva, entonces? Si
entre estos llenos y vacíos
nos perdemos los yoes soberbios
sin poder cultivar lo baldío.
Tú, yo amargo, que me lanza
sin remedio al desequilibrio
arrastrándome suplicante
entre mares de puñales y yerros.
Tú, yo invisible, que sin apenas
esforzarte intentas frenar
la pasión y la furia del otro,
que nostálgico impide avanzar.
Yo, y sólo yo, anulado yo,
que no te dejan gritar,
que tu llanto se difumina en
la cáscara opresora.
Yo, y sólo yo, anulado yo,
que no es capaz de proferir
una nota más alta o aguda
que la monótona rutina.
Yo, y sólo yo, anulado yo,
que surge del hartazgo y la
tensión ineludible entre contrarios,
desnúdanos a tu antojo.
Las dos y el tiempo pasa,
la ficción nos abraza y amenaza con
poner, por fin, sin saber que
es un aliciente, punto final a la vida.
Las tres y el minutero,
parece estancado en mi memoria,
que naufraga errante en sí misma,
ensimismada en sus tragicomedias.
Las cuatro y no quedan párpados
que puedan paliar este insomnio,
que me ancla en mi bucle helado
asfixiándome en la existencia.
Yo,
ahogas,
cada
yo.
Yo,
ocultas,
cada
yo.
Yo,
oprimes,
al
yo.
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