Nosotros éramos el lacre en un mundo de sellos.
Nos encantaba derretirnos lentamente al son de la llama eterna para iluminar las noches epistolares de los viajeros del sueño en su vigilia continuada mientras que otros seres rápidos, de vida rápida, de muerte rápida, sin sueños en vigilias continuadas, clavaban en industrial tinta azul sus sellos en los sobres blancos, impolutos, despersonalizados. Nosotros, maleables, nos extendíamos en formas amorfas para después ser fijados con la goma única de un único soñador mientras que en el resto del universo triunfaban los recambios de tinta silenciosos y aburridos, que, a diferencia de nosotros, no crepitaban de placer al dejarse embaucar por el calor de la llama que prende.
Ahora ya ni tan siquiera tenemos sellos, y yo miro triunfante a aquellos que aún buscan tinta en lugares recónditos que un día fueron modernos, y me río, socarronamente, de su desdicha que un día fue la nuestra, la de los lacres obsoletos, que tuvieron que observar su propia extinción. Ellos son los sellos en un mundo de píxeles, y recuerdan aún sus viajes, ahora irreales y virtuales, por aquellos mundos ya fríos pero ahora congelados, viajes veloces, pero viajes al fin y al cabo, no como en el mundo que ya no los necesita, que ya los ha olvidado.
¿Y de qué nos fiamos? Si todo cambia, si todos cambian, si lo moderno será mañana lo antiguo, si perderemos la cabeza por olvidar lo que está quieto, ¿qué nos queda? Algunos anticuados intentamos agarrar los momentos pero estos se esfuman y nos agarramos al también siempre cambiante recuerdo. Ya no tenemos ni recuerdos duraderos. ¿Qué hacer, si el mundo no cesa y nuestra mente no concibe lo distinto? ¿Qué hacer cuando lo nimio nunca queda pero lo universal se queda quieto? ¿Qué hacer, cuando al fin y al cabo el lacre, la tinta y los píxeles no son más que realidades efímeras, fugaces, artificiales? No tenemos nada, nada, y nada vale en esta vida, ni lo material ni lo inmaterial permanecen, ni siquiera tenemos alma, ni siquiera tenemos silencio, nunca lo tuvimos, nunca lo tendremos. ¿Qué hacemos aquí, absurdos, si ya no creemos? ¿Cómo vivir si no hay libertad, cómo soñar si no hay cielo, cómo entender si no hay fe, cómo querer si no hay nada por lo que uno quiera querer?
Por eso los que no sabemos, los que ya no creemos, queremos ser el lacre antiguo de este mundo de píxeles y sellos, porque queremos añorar algo y enaltecerlo precisamente por no saber cómo fue tenerlo, precisamente por carecer de presente, futuro, espacio, tiempo.
Nosotros quisimos ser la idea en un mundo de necios.
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