lunes, 27 de diciembre de 2010

5. Un empujoncito para los idealistas; ¡MARCHANDO!

Mi problema es que tengo poca paciencia. Tengo poca paciencia con la gente que no piensa, que no escucha, que repite sin saber, sin haber reflexionado lo que dice, que no cumple lo que predica. Tengo poca paciencia con la gente que no perdona, pero, sobre todo con la gente que no rectifica ni deja rectificar a los demas. En definitiva, con la gente que no cree en el error, en la imperfección del ser humano, en el camino hacia la verdad mediante la equivocación y en la admisión de ésta.

Tengo poca paciencia. Ellos no. Soy intolerante. Ellos no. Soy una ingenua, que vive queriendo convencer a todos de que el mundo está del revés sin percatarse de que quién está del revés en realidad es ella misma. Soy una loca idealista que no quiere reproches, que se opone a algunas opiniones. Ellos no. Ellos admiten que existen otras opiniones sin interesarse por contradecirlas. Porque es más fácil así. Es más fácil eso que pensar. Como en mi caso no es así, resulta que tengo poca paciencia. Pues sí, lo reconozco, me sacan de quicio las grabadoras programadas para extender su inexistente e inamovible idea fija(valga la redundancia) sacada de otros, y, además, no razonada. Me sacan de mis casillas los discos rallados que van con las modas y la imposición de las no ideas, de las ideas no idealistas. No tengo paciencia, no, no tengo paciencia con esa gente que cree que el orgullo es cuestión de mantener sus convicciones intactas, sus posiciones firmes, sobre todo si creen haber alcanzado ya la madurez y por tanto haber encontrado en el escepticismo, contradictoriamente, la verdad absoluta. Pero, en fin, prefiero no agotar mi paciencia y tratar de convencer a otros que crean que la verdad, aunque sea inalcanzable, está en alguna parte, que la verdad no es más que una lucha incesante, que se trata de una convención en la que no sólo dominan unos pocos que velan por intereses propios, sino que se trata de que la mayoría salga beneficiada, y que no nos engañen, ni nos dejemos engañar, ni nos cerremos en banda a las palabras nuevas aunque no nos suenen, ni nos asustemos con los cambios, siempre inevitables, ni nos dejemos llevar, arrastrar, por los que pretenden hacernos creer que están protegiéndonos y haciendo bien su trabajo, los que manejan, los que controlan, que en realidad nos mantienen abducidos en esta rueda de la que es dificilísimo y sumamente incómodo salir. Hay que romper esa rueda, romper esos obstáculos que nos impiden ser justos de verdad, llegar a un acuerdo sobre la verdad, y que con esos obstáculos, caiga ella misma, la rueda, sin poder sostenerse, cuando la mayoría llegue a poder pensar por sí misma, y no quiera que otros piensen por ella.

Antes he mentido, sí. He de aprender a solucionar mi problema, ¿por qué me habré puesto tan testaruda? Por un momento me he cegado. También hay que tratar de hacer pensar a los que evitan la búsqueda de la verdad, sino, ¿cómo pueden dejar de querer ser engañados? Porque muchos saben que están siendo engañados. Necesitan creer. Sí, necesitan creen que ellos también pueden cambiar las cosas, que sus vidas están en sus manos, y con ellas el planeta. Pero, si los idealistas ya flojeamos, nos debilitamos, solemos derrumbarnos de vez en cuando, ¿cómo no van a hacerlo ellos, que de entrada se niegan a creer en la existencia de la verdad, aunque sea inalcanzable? Pues hay que luchar contra eso. Está de moda no estar de acuerdo y no intentar hacer nada para cambiar eso. Pero por suerte, siempre hay contracultura. Hay que luchar. He de superar ya mi problema. Si vosotros también lo tenéis, antes de luchar por tratar de convencer a los demás, luchad por vencer el problema, que no evitarlo. Hemos de superar nuestro problema, y, ante todo, aprender a ser paciente con cualquiera, incluso, mejor dicho, especialmente con los esclavos de la sociedad misma, que han perdido la fe en la existencia de la verdad universal.

Los idealistas podemos permitirnos desfallecer, pero para nosotros es obligatorio levantarnos porque si dejamos de hacerlo, pasamos a ser justo lo que intentamos evitar, esclavos como los que quisimos convencer en su día, lo que rechazamos con toda nuestra alma. Y eso es dar de lado a nuestra propia naturaleza, la del ser humano, porque si no hay lucha, no hay vida. Idealistas del mundo, no os rindáis, pensad en los grandes, inspiraos. Luchad. Si alguien lo hizo antes, ¿porqué no nosotros ahora? Los patrones son los mismos, solo cambia el contenido. Ellos lo consiguieron. Incluso los que ahora dominan, esos seres ruines, lo consiguieron. Si los que no quieren que pensemos lo hicieron, nosotros también podemos. Y tenemos que querer poder para poder. Y queremos. Así que pensemos y hagamos pensar. Luchemos y hagamos luchar. Vivamos para que al morir, podamos ver a otros seguir luchando como nosotros, por lo mismo que nosotros, que ya no estaremos. Hagamos que al marcharnos, podamos quedarnos con el recuerdo de la verdadera vida, la lucha, la lucha para algún día poder llegar entre todos a querer pensar y buscar la verdad, y encontrar el sentido de la vida en esto. De la verdadera vida humana. De la fascinante vida humana. De nuestra vida.

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