sábado, 14 de mayo de 2011

49. Metáforas oníricas.

Curiosamente, anoche soñé con el apocalipsis, o eso deduzco yo. Las calles estaban desiertas, sombrías, y si mirabas al cielo, podías descubrir que se avecinaba una gran tormenta. Me metí en una tienda extraña, de aspecto antiguo. El escaparate tenía, mínimo, un dedo de polvo. Todo estaba tan gris como en el exterior. De pronto, detrás del mostrador, apareció una mujer que destacaba entre toda aquella penumbra. No soy capaz de recordar su rostro, mas no puedo olvidar su pelo, naranja, absolutamente naranja, naranja mandarina, vivo, alegre, primaveral. El lugar resultó ser una tienda de música. Había tan solo saxos, trompetas y armónicas. Yo quería uno de estos instrumentos, pero no me decidía. Le pedí consejo a la mujer. Aún así no me decantaba por ninguno. Los saxos y trompetas también parecían antiguallas, pero relucían en los estantes. Las armónicas eran grandes, muy grandes, jamás había visto armónicas así. Incluso había una que tenía teclas negras y blancas, como las de un piano. El resto del instrumento era granate, y en cada agujero se indicaban todas y cada una de las notas posibles al soplar. Le conté(cosa que es también real) que tenía una armónica ya, pequeña, de blues, la cual no entendía, y tocaba a mi manera, y que además no tenía teclas, ni era granate. Mi armónica no se parecía en nada a ésas, además, no entendía las notas del cifrado americano, y yo, sin saber qué tocaba, solía hacerlo emocionada. No negaré que observaba con envidia aquellas armónicas regulares, inteligibles, sensatas y razonables. Pero la mía era mía, y sólo mía, y no la cambiaría por ninguna de ésas. De pronto, un relámpago. Miedo. La sonrisa de la mujer del pelo naranja. Polvo entrando por la puerta y cubriéndolo todo, incluso a mí. Su desaparición tan solo dejó una sonrisa flotante, como la del gato de Cheshire.

Será que la vida es como una armónica, cada cual la toca a su manera, incluso sin entenderla.

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