lunes, 21 de noviembre de 2011

31. La eternidad en un segundo.

Entré en la habitación y tuve la sensación de que sus paredes se derrumbaban sobre mí. Los párpados me pesaban y no podían soportar los torrentes de letras perdidas azules, verdes, rosas, negras y rojas, ahogando la realidad aparente. Los distintos pictogramas y caligrafías amenazaban con convertirse en borrones deformados y mi mente sentía que éstos se esparcían por todo el espacio como si unos dedos torpes e iracundos dibujaran infinitos ríos de tinta con cianuro.

Me rodeé a mí misma en un intento desesperado por escapar de todas aquellas figuras del pasado de contenido altamente homicida que se transformaban ahora en sombras grotescas indistinguibles de la realidad. No podía salir de aquello. Y justo cuando parecía que iba a reventar, me elevé de manera suave. Quedé encarcelada por mí misma en ese trance inefable, ya sufrido anteriormente, durante el cual me desapegué de cualquier realidad palpable, incluso intelectual y llegué más allá, mucho más allá, sin poder sentir realmente, sin poder pensar ni tan siquiera cuestionar, observando desde fuera toda aquella tormenta que sacudía mi cuerpo y mente con violencia y empujaba a ese yo, tanto interno como externo, hacia un precipicio infinito, abocándolo al abandono de la parte racional.

Yo ahora era, era ello, no aquello. No quería entrar en aquello de nuevo. Volver al incesante debate entre la oscura creatividad y la dicha artificial. Volver a escoger entre la guerra, el bombardeo de ideas y la paz insustancial. Estaba allí, fuera, ni bien, ni mal, sin papel. Estaba, simplemente. Observaba como las dos realidades, una escarpada y profunda y la otra llana y superficial, luchaban por el dominio absolutista de mi alma, concebida como temporalmente conflictiva, durante la estancia de sí misma en su propio interior.

Mas yo ya no era aquello, sino ello. Por un tiempo indefinido, fui, y al ser, no pude estar, sino que fue un instante eterno, de definición ausente y carente de inteligibilidad. La luz del ello me invadió, dejando a un lado la sangre, la pulsación, las neuronas, aquello. Fui, no yo, no, sino que fui. Fui pensamiento puro, seguro, objetivo y estático, sin ningún tipo de duda, fui.

Y al volver al aquello, al tornar a querer huir, salir de esa habitación misteriosa que despertó en mí todas aquellas "no-sensaciones", tuve la claridad mental más intensa que jamás había tenido, y sentí como si mis ideas estuvieran expuestas en una fuente cristalina de agua pura y limpia, en lugar de la turbiedad que sentí con aquellos inacabables párrafos de nostalgia, solitud y melancolía. Ahora era distinto. La vida empezaba en el aquello y acababa en el ello. Ahora era distinto, por el momento.

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